JUAN ANTONIO GUILLÉN: “SI ME QUITARAN LA SEMANA SANTA NO SÉ LO QUE HARÍA PORQUE ES MI VIDA”

Juan Antonio Guillén, vendedor de la ONCE y capataz de cuatros Hermandades sevillanas

Luchador, valiente y humilde, Juan Antonio Guillén o conocido como ‘er Guillén’ (Sevilla, 1960), es vendedor de la ONCE desde hace sólo siete meses. Hemofílico, portador de la Hepatitis C y sometido a varias operaciones, se aferró a la vida gracias a su fe y al apoyo de su familia y amigos. Su pasión cofrade le ha llevado a ser capataz de Nuestra Señora de los Dolores del Cerro, el palio de Montensión, la Virgen del Patrocinio y el Cristo de la Redención.


¿Qué significa para usted la Semana Santa?

Para mí la Semana Santa es un compendio de varias historias. Yo entiendo la Semana Santa de una manera litúrgica. Nuestra Semana Santa se basa en sacar pasajes bíblicos a la calle. También por otra parte estamos sacando verdaderos monumentos y tesoros artísticos. Y lo más importante es el factor humano. Aquí se manipula una cantidad de personas, de hombres que tienen mucha ilusión y fe en lo que llevan sobre el paso. Y a mí esto me llena. La cuadrilla intentamos ser una gran familia. Y de ahí que Montensión, Patrocinio, Virgen de los Dolores, Cristo de la Redención signifiquen para mí lo mismo. Da igual cómo se llamen y el nombre que tengan. Si me quitaran la Semana Santa no sé lo que haría porque es mi vida.

¿Cuál cree que es el encanto de la Semana Santa de Sevilla?

El ambiente, el respeto de esa bulla que sólo se forma en Sevilla y ese silencio que se forma cuando pasan algunas hermandades. Los olores, desde el azahar hasta el incienso. Y las torrijas. La primavera parece que nos altera. La Semana Santa es una vivencia muy personal. El ambiente, el colorido. El encanto de la Semana Santa es todo.

¿De pequeño jugaba a ser capataz?

No (risas), de pequeño jugaba a meterme debajo de los mantos de las Vírgenes porque yo tenía amistad con hijos de costaleros de la famosa cuadrilla de Los Ratones, que eran los costaleros del capataz Rafael Franco. Yo jugaba con ellos y por eso todo esto empezó como un juego. Ellos eran los que me metían debajo del paso con sus hijos y da la casualidad que el único que ha seguido para adelante con esto he sido yo, los demás ya no están vinculados a este mundo.

¿De dónde le viene su sentimiento cofrade?

Del día a día, desde muy pequeñito me fui metiendo en el mundillo. Mi madre me decía que tenía en la mesilla de noche un equipo de futbol, porque tenía todos los Santos del mundo. Es curioso que esto no me viene de tradición familiar, ellos no están vinculados al mundo de las cofradías, simplemente eran personas muy religiosas.

¿Arte o sentimiento?

Las dos cosas, es arte porque son obras de arte que salen a la calle, no sólo por la imaginería si no por los pasos, por la orfebrería, los bordados, todo. Es una unión de muchos artes. Y después por supuesto está presente el sentimiento. A mí me trae muchos recuerdos. Aquí se viven muchos momentos de mucha emoción y llenos de sentimiento. Te acuerdas de compañeros que ya no están, y para mucha gente las lágrimas son evidentes. Somos una familia y hay unos sentimientos presentes con lo que llevamos en el paso. De qué vale meterse debajo de un paso y coger 50 ó 60 kilos si lo que va arriba no te corre por las venas, o no te gusta. Tiene que existir un sentido de lo que se está haciendo. Aquí hay algo más.

“No es sólo plata y oro lo que vemos”


Además de la Semana Santa ¿Cuáles son otras de sus aficiones?

Me gusta mucho tocar la bandurria, el laúd, la mandolina y siempre he sido un forofo de ese tipo de música. Mi mayor afición son Los Sabandeños, un grupo canario que lleva funcionando cuarenta y tantos años y que por fin este año pasado he conocido en persona, he estado con ellos, y hasta he grabado un disco con ellos, era mi ilusión.

¿Cómo se lleva lo de ser capataz de tantas Hermandades?

Se lleva con mucho orgullo, es un privilegio. Es algo que me ha llegado con el tiempo. En la vida hay que ser humilde y yo lo he sido. Me he encontrado a muchas personas que me han ayudado y que me han conocido como realmente soy.

¿Le gustaría ser capataz de alguna cofradía en especial?

Si te digo la verdad con lo que saco, llevo de sobra. Cuando tenía cuatro años, mi padre me llevó un día a ver la Semana Santa. En el puente Triana de una tarde grisácea, vi al cachorro salir del puente y me puse a llorar porque me daba miedo. Me impactó mucho ver un hombre clavado en una cruz. Cuando se fue acercando la Virgen del Patrocinio, la que se quemó, me impactó ver aquel paso tan iluminado, esa cara tan bonita. Me impactó tanto que estábamos en la esquina de Reyes Católicos y aparecí en la Plaza de la Magdalena. Me fui detrás del paso y me perdí. Desde entonces mi gran ilusión fue que de mayor tenía que meterme debajo de ese paso. Y lo conseguí. Fui costalero y hoy en día soy su capataz junto a mi compañero Paco Reguera. Aquí en El Cerro me pasó lo mismo. Yo me he perdido en las cofradías y he estado siempre alrededor del paso.

¿Qué siente cuando está al frente de un paso?

Yo siento una responsabilidad grandísima. En la vida tenemos muchas responsabilidades, la familia, los hijos, pero esto es una responsabilidad muy distinta porque lo que llevamos es a la madre de Dios o a Jesucristo y sobre todo un tesoro en todo los sentidos, el mayor el factor humano. Debajo del paso van 35 ó 40 hombres que hay que cuidarlos y velar por su seguridad. Es mucha responsabilidad porque el que va debajo tiene que ir a gusto contigo.

“Siempre he tratado de ayudar, igual que me han ayudado a mí”


Una anécdota de todos estos años que le haya marcado como capataz

Me han pasado muchas anécdotas, tanto divertidas como serias. Recuerdo que aquí en el Cerro, como capataz, yo llamaba a un ciego, Manuel Ruiz Barrera, también de la ONCE. Este hombre cuando notaba que la gente no estaba puesta en el palo y preparada me gritaba ‘canta a lo roto’, que significaba que no levantara porque había un problema. Un día le pregunté por qué decía ‘canta a lo roto’, y me dijo que el notaba como la madera vibra cuando estaban todos los costaleros preparados. Y cuando Manuel Ruiz decía ‘Canta a lo roto’ era verdad que no estaban preparados. Esto ha sido una cosa que siempre me ha marcado. Puedo contar también casos de hermanos que han tenido a su mujer de parto en pleno Martes Santo y ellos han sido fiel a su Virgen de los Dolores. Yo menos mal que no me he visto en esa tesitura (risas). Son muchos sentimientos y emociones que se viven. No es sólo plata y oro lo que vemos. Hay cosas mucho más importantes que todo eso.

Campanillero, tuno, miembro de un coro y capataz. ¿Tradición o afición?

Es todo. Yo he formado parte de un coro pero lo dejé por presión porque eran muchas cosas lo que llevaba adelante. Igual que la tuna, que la dejé cuando me casé. Cada cosa tiene su tiempo. Ahora con mi cofradía y poco más tengo bastante.

¿De dónde saca fuerza para tanto? ¿Es su espíritu de superación?

Yo creo que sí. Hubo un tiempo en el que me vi en un pozo sin fondo y cada día cuando veo la luz entrar por la ventana digo ‘Venga otro día más, vamos arriba Guillén’. Tengo mis limitaciones, pero la superación del día a día, de estar con la gente que quiero, mi familia, y otros muchos factores me llenan. Mi mujer es una columna importantísima en mi vida, y mis dos hijas, aunque una de ellas esté en Cádiz hablamos a diario. Esa serie de cosas son las que te impulsan a vivir. Hay mucha gente que se han esforzado por mí. Yo puedo decir a boca llena que tengo muy buenos amigos que me han ayudado en momentos difíciles. Incluso estoy en el programa de acogida de niños bielorrusos, porque pienso que yo tengo que ayudar igual que me han ayudado a mí, yo quiero darle salud a estos niños bielorrusos y para mí es un orgullo. Siempre he tratado de ayudar, igual que me han ayudado a mí. Yo formo parte de la lista de enfermos de Hepatitis C y cuando me entero de nuevos casos me gusta orientar a esas personas. He estado muy sólo pero siempre con mucha ayuda. Soy consciente de que hay gente que está mucho peor que yo y que incluso no se encuentran con fuerzas para seguir viviendo. Así ha sido y es ‘er guillén’.

Hablando de ‘er guillén’, ¿de dónde le viene ese apodo?

Yo soy Juan Antonio Guillén Jiménez y todo el mundo en el colegio me conocía por mi apellido. Y aquí en el cerro, que es como un pueblo, se me quedó ‘er guillén’. Hasta mis hijas me llaman por mi apellido porque es lo que siempre han escuchado. Mucha gente se cree que me llamo ‘Guillermo’ (risas)

“El Cerro para mí es todo”


Es una persona valiente, humilde y sencilla ¿Es esta la clave para ser un buen vendedor?

Yo pienso que sí, y una cosa más, ser familiar y cercano con la gente. Lo puedo decir a pesar de mi corta experiencia, de apenas 7 meses, que llevo en la ONCE. Hay que familiarizarse con la gente, conocerla y ofrecerles cercanía. La clave está en sentirse uno más entre los clientes.

¿Qué es lo primero que se le pasa por la cabeza al escuchar los Dolores del Cerro? ¿Siente la misma devoción por todas?

Dolores del Cerro es una marcha que se fraguó aquí, la hizo Velázquez de la Cruz Roja y personalmente también colaboré con él y con el coro de campanilleros. Como hermandad pues que voy a decir… es mi hermandad, la de mi barrio, donde me he criado y me reflejo en ella. El Cerro para mi es todo. Pero se llame como se llame la Hermandad, disfruto de dónde estoy y me siento privilegiado. Montensión es una joya, el Patrocinio es un delirio, una joya en movimiento, La Redención es finura, elegancia…Cada paso es distinto.

¿Qué siente cuando tantos sevillanos emocionados aplauden su trabajo?

Me siento muy orgulloso y satisfecho. Es una explosión de muchas cosas. Ves que eres útil. Frente al paso vas dando órdenes a personas que van ciegas. Me siento privilegiado. El problema aparece cuando uno se lo cree, hay que ser humilde, porque en la vida sólo estamos de paso.

¿El trabajo de un capataz es transmitir sentimientos?

Hay que transmitir sentimientos y la responsabilidad de las funciones que cada uno tiene. Los costaleros tienen que conocer el sentido y según el timbre de voz que se utiliza, el costalero sabe muy bien como está el ambiente. Es lo mismo que la venta de cupones, si estás decaído ¿qué vas a vender? Pues igual, hay que ir transmitiendo alegría, con sus pautas. Es fundamental transmitir buenas sensaciones porque son muchas horas debajo de un paso. Y de vez en cuando un chiste y unas gracias no vienen mal para mantener un buen ambiente. Los costaleros te notan todo por el tono de voz, y no puedes transmitir mal rollo.

“Sevilla no está preparada para los discapacitados en Semana Santa,”


Incienso, azahar, saeta, nazareno, costalero, pregón, chicotá… ¿Qué le sugieren estas palabras?

Claramente y en tres palabras, Semana Santa de Sevilla. (risas)

¿Cree que existen barreras en el mundo cofrade? ¿Se ha encontrado con alguna de ellos?

Claro que sí. Hay muchos costaleros ciegos. Yo he llevado a sordos que van en las patas con sus aparatos en los oídos y para llamarles el contraguía les toca las manos. De cara a la Semana Santa, Sevilla no está preparada para los discapacitados, a pesar de que nos quieran vender que nos dejan un palco para los discapacitados. Los riesgos que corre una persona con aparatos de marcha son grandes porque la cera no la quitan todos los días, ya que es un presupuesto muy grande. Una persona en silla de ruedas no se puede mover por sitios que resulta prácticamente imposible. Al discapacitado no le queda más remedio que moverse dentro de sus limitaciones. Yo siempre me lo he montado de muy buena manera e imagino que será por mi profesión anterior, cuando yo era ortopeda. Para el recorrido que hacen mis Hermandades siempre llevo un fisioterapeuta porque son muchas horas. Voy preparado con productos de medicina deportiva y llevo los pies medio anestesiados que son mi punto débil, junto a la rodilla. Si no fuera tan preparado no aguantaría, sería imposible. Sé a lo que voy y por eso estoy mentalizado. Y gracias a Dios, a día de hoy no me he encontrado con ninguna barrera

¿Cuál es su ilusión para el futuro?

Soy una persona que me ilusiona todo. En mi vida he conseguido muchas cosas que me ilusionaban. He alcanzado muchas cosas en el mundo de las cofradías. Yo con mi Virgen de los Dolores, ese pedazo de Cristo de La Redención, Montensión que es una joya y la Virgen del Patrocinio tengo de sobra. Ya no quiero, ni pretendo aspirar a más, porque físicamente no puedo y porque tengo ya cuatro joyas de Hermandades que me apoyan. A pesar de mi responsabilidad soy uno más entre todos ellos.

Mª Carmen Montero