EL DERECHO A RECIBIR INFORMACIÓN

Muchas veces se confunde la libertad de expresión y el derecho a la información como un privilegio de los periodistas y en realidad el derecho reside en los ciudadanos. Es la gente la que tiene el derecho a recibir información veraz por cualquier medio, como consagra la Constitución de manera sabia. Los periodistas somos un mero vehículo. Se tiende a vernos como unos privilegiados intocables que gozan del privilegio de contar y de acceder a determinadas fuentes cuando en realidad somos un mero instrumento de la ciudadana para estar informada.

La única manera efectiva que tienen los ciudadanos de saber es que los profesionales antes busquemos, seleccionemos y editemos esa información para que la gente sepa qué se hace en la esfera pública, qué hacen los políticos, que se hace con el dinero y los bienes públicos, qué cosas son relevantes. Por si fuera poco los periodistas tenemos la obligación de la veracidad, el necesario ejercicio profesional de comprobar la información porque el derecho es a recibir información veraz. Cuando la información que facilitamos no es veraz estamos sometidos a la presión de los afectados(como es natural) y de los tribunales(como cualquier ciudadano). Es el riesgo de la profesión derivada de nuestra obligación natural. Cuando se quiebra el principio de la verificación se cae todo el entramado de la información libre porque a partir de ese momento todo el edificio de formación de la opinión pública está en peligro.

El siguiente escalón es la separación de información y opinión, otro deber sagrado de la profesión que muchas veces se olvida. Los hechos son sagrados y las opiniones libres. Todo el mundo tiene su opinión y la libertad para expresarla. Pero los hechos deben ser respetados y para ello es imprescindible la separación de ambos extremos. Ofrecer los hechos, desnudos, con la mayor abundancia de datos posible que ahora las nuevas tecnologías ponen a nuestro alcance. Y a partir de ahí , se abre el camino a interpretaciones, visiones de los hechos, preguntarse las consecuencias y el por qué. Pero los hechos no llevan la adherencia filosófica de ese por qué. Ahí entran en juego otros factores diferentes.

Con ambos criterios, la verificación y la separación de hechos y opiniones es como se forja el buen periodismo. Y a partir de ahí es como se forma una buena opinión pública en una democracia potente. Sin unos buenos medios de comunicación plurales pero bien elaborados jamás habrá una democracia saludable donde el poder tenga un contrapeso. Los anglosajones llaman check and balance al sistema por el cual el ejercicio del poder está sometido a control: el de la oposición, el de los agentes sociales, el de la justicia, el de los ciudadanos pero también el de los medios de comunicación, por regla general la primera trinchera para el control del ejercicio del poder, el primer mecanismo de control que evita abusos.

En ese sentido los medios de comunicación, los periodistas, somos un instrumento de los ciudadanos para evitar el abuso, para trasladar la queja, para que el check and balance sea efectivo. Eso es así desde que El Conciso, El Duende de los Cafés, el Semanario Patriótico El Robespierre Español y tantos otros periódicos cumplían esa función en el Cádiz de las Cortes, cuando se inventó el periodismo moderno a decir de José Álvarez Junco, cuando la opinión pública se fijaba en la calle Ancha de Cádiz como escribió Benito Pérez Galdós. Ahí está el momento fundacional de la opinión pública, de la ciudadanía y del periodismo. En esas fuentes bebemos y de ahí venimos. Por eso es importante recordar lo que ocurrió hace 200 años.

Fernando Santiago, presidente de la Asociación de la Prensa de Cádiz

Fernando Santiago
Presidente de la Asociación de la Prensa de Cádiz