Sevilla se rinde al arte integrado de José Galán

José Galán baila mientras Daniel Parejos dibuja sobre el suelo un círculo que lo encierra y Antonio Mejías canta puesto en pie sobre el escenario dibuja Foto: Rachel Álvarez

Cierra los ojos y mírame’ arranca con el escenario a oscuras. Una oscuridad espesa, lúgubre, que cala en la butaca del espectador, que ciega, que no deja ver. Pero que hace sentir. Hace sentir tanto que estremece, provoca y arranca un sentimiento desde lo más hondo hasta brotar a la superficie, hasta hacerse la luz, hasta recuperar el color, la luminosidad, una intensidad desgarradora para sentir, amar y sufrir. Toda la fuerza y la vitalidad sobre las tablas para luego, de nuevo, acabar en caricia, en la más absoluta de las cegueras, en lo más profundo de los sentidos, en lo más grande de los sentimientos. Con el corazón abierto y el alma desnuda.

La visión que José Galán ha creado de Francisco Giménez Belmonte, ‘El ciego de la playa’ un precursor del cante flamenco andaluz desde Almería que nunca dejó de cantar, ni de tocar, ni de escribir por su ceguera, puso en pie el teatro Lope de Vega de Sevilla, a ritmo de palmas como los sevillanos saben hacer, y conquistó el aplauso unánime del V Festival Internacional de Escena Mobile. Ya lo había hecho en la inauguración de la programación en Off de la Bienal de Sevilla. Pero esta vez era distinto. Con el respeto que impone el Lope de Vega, el riesgo era mayor y el triunfo, por tanto, supo a gloria.

La Niña de los Peines, en la sevillana, la Niña de la Puebla en la milonga y don Antonio Chacón, en la malagueña, situaron al espectador en los principios del siglo XX, anclándolo en algunas de las mejores páginas que ha dejado escritas ese flamenco que es ya patrimonio de la Humanidad. Después una taranta, el cante a los tangos y el fandango de Huelva.

Prácticamente todos los palos, prácticamente todos los sentimientos. Y el momento del fandango, en la voz de Antonio Mejías, frente a frente a José Galán, sobrecogedor. Un ciego que canta y que interpreta a otro ciego, mientras otro ciego, Carlos Barragán, pone el toque en su sitio en cada momento. Arte el de Daniel Parejo y el de Reyes Vergara, que aportan un pose contemporáneo a una coreografía cuidada al detalle, dos bailarines de la Compañía Danza Mobile, los dos con síndrome de down, dos conquistadores natos en cada uno de sus movimientos, en cada una de sus apariciones. Y Vanesa Aibar, pareja de baile de Pepe Galán, que con la guitarra de Javier Gómez rematan una faena de maestría que emocionó de principio a fin y que acabó, como no podía ser de otra forma, con las alegrías en un final desbordante. José Galán lo llenó todo. “Mírame. Cierra los ojos y mírame. Con el corazón abierto y el alma desnuda. No necesitan mi cuerpo para sentir lo que siento a oscuras”. Le cantó Mejías. Y el duende se hizo carne. Y esta vez sí, de una manera auténticamente integradora, accesible y universal.

Antes de encenderse las luces del patio de butacas, los artistas reivindicaron crítica, un trato igual al resto de los artistas que no se apellidan “con discapacidad”, para también aquí, exigir igualdad, igualdad, igualdad. La calidad artística de los espectáculos ofrecidos este año en el Escena Mobile dejó en entredicho a muchos que siguen poniendo matices al arte sin reservas. Pero hizo felices a todos los que tuvieron el privilegio de asistir y disfrutar de cualquiera de ellos.

Luis Gresa
GALERÍA DE IMÁGENES
Reportaje gráfico: Malwina

Daniel Parejo dibuja un círculo sobre el baile de José Galán mientras al fondo, Antonio Mejías, puesto en pie, canta De izquierda a derecha, Carlos Barragán en la percusión, Antonio Mejías al cante y Javier Gómez a la guitarra José Galán y Daniel Parejo juntos en una de las coreografías José Galán, brazos abiertos, en un momento de su actuación Un momento del baile de Vanesa Aibar en presencia inmóvil de Daniel Parejo Vanesa Aibar y Daniel Parejo abrazados en paralelo en el centro del escenario Bella imagen de Vanesa sobre el escenario, de espaldas, con su bata de cola en movimiento