La fuerza transformadora del Periodismo

Un viejo y experimentado periodista norteamericano llegó a decir a modo de balance sobre su trayectoria profesional que, en su momento, aspiró a transformar la realidad a través del periodismo aunque, finalmente, con el paso de los años, se tuvo que conformar, decía, simplemente, con contarla, sin más pretensiones. Una confesión en toda regla sobre las verdaderas limitaciones que tiene esta actividad en la que algunos consideran que se residencia, nada más y nada menos, que “el cuarto poder” después del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Pero, lejos de la trascendencia con la que siempre se tiende a rodear la labor periodística, lo cierto es que su desempeño diario te permite, al menos, conectarte con la vida misma y con toda la fuerza que conllevan los hechos más auténticos protagonizados por gente sencilla que sí tienen, por sí mismo, la suficiente carga simbólica, el mensaje necesario, en fin, como para cambiar las cosas.

Es la pura cotidianidad la que nos ofrece oportunidades para comprobar cómo historias simples se nos presentan a la sociedad con toda su crudeza, dramatismo y hasta con belleza, requisitos que hacen que no pasen desapercibidas, despertando el interés y la curiosidad de todos. Así pudo suceder con la entrevista que hice allá por los años noventa en Radio Cádiz a una anciana residente en Chiclana. Tras ser sometida a lo que entonces se presentaba como una innovadora técnica quirúrgica, recuperó la vista que llegó a perder cuando era joven a consecuencia de un accidente doméstico mientras empleaba cal para pintar su casa. Relataba que al recobrar la visión observó a su marido quien le acompañó fielmente a lo largo de tantos años de ceguera y al que vio “más viejo y con el pelo blanco”. Todo ello, entre sonrisas y francas carcajadas y con miradas llenas de complicidad hacia aquel hombre que permanecía fiel a su lado con un rostro, en efecto, muy diferente del apuesto chico que conoció en su día. El amor que destilaban sus palabras, su agradecimiento profundo a la ciencia médica, el optimismo y la felicidad que transmitían no pasaron desapercibidas. Esa lección de vitalidad que exhibía a través de la radio seguro que movió conciencias, que sirvió, en definitiva, a más de uno, para modificar su particular concepto de las cosas, atado en exceso a los intereses materiales, a los agobios de cada día, a las ambiciones miopes que nos impiden contemplar qué hay más allá de nuestras narices.

Las circunstancias hicieron, además, que, al poco tiempo, uno tuviera que realizar la cobertura informativa de una manifestación de madres de jóvenes presos preventivos frente a la sede de los juzgados gaditanos. Protestaban por la presencia de drogas en los centros penitenciarios lo que provocaba que sus hijos antes que rehabilitarse complicaran aún más su existencia. Entraron, en su mayoría, al mundo de la delincuencia a consecuencia de su adicción y lo último que les podía suceder es que agravaran su situación en las cárceles con el consumo de estupefacientes. Una de las manifestantes, entre gritos reclamando una solución, se aferró a mis manos en las que portaba la grabadora con la que recogíamos los distintos testimonios. Y lo hizo como si en ello le fuera la vida, no de ella, sino de su propio hijo quien se pudría entre barrotes por una droga que circulaba casi con la misma facilidad que en la calle, decía. Y lo hacia con tanto ahínco y pasión que parecía que la suerte del suyo dependía, más que nunca, de ese grito desesperado que lanzaba a través de un micrófono.
Conservo de ese momento una foto que nos hicieron nuestros colegas de la prensa escrita y todavía me conmueve contemplar esa imagen de esa mujer que, sin duda, encerraba en ese gesto toda su fuerza para denunciar la situación en la que se encontraba su hijo. Está claro que aquel llamamiento no acabó con el problema, presente todavía en las prisiones, pero estoy convencido de que contribuyó a una lucha más eficaz para mejorar las condiciones de vida de nuestros reclusos. Creer en ello no es de iluso, ni muchísimo menos. Estoy plenamente convencido del profundo significado social que tiene la profesión periodística. Sólo basta con que reflejemos de la forma más fiel posible hechos o historias que suceden a nuestro alrededor. Lo demás, vendrá por añadidura.
Antonio Yélamo
Antonio Yélamo
Director de Informativos
Cadena SER Andalucía