Una niña ciega en clase

Aproximadamente a mediados de marzo del año 2004, cuando era tutor de un grupo de 2º de Primaria llega al colegio una niña ciega y argelina (Fatiha) que empezó a formar parte de mi grupo de alumnos.
En ese momento parece que no vas a ser capaz de llevar a cabo tu labor de maestro y enseñar a Fatiha lo mismo que a los demás, pero poco a poco te vas dando cuenta de que sí, unas veces te equivocas pero esas equivocaciones te van sirviendo para enriquecerte y para aprender a enfrentarte a otras nuevas situaciones.
Han sido 5 años (ya que he sido tutor del mismo grupo hasta 6º de Primaria) ricos e intensos en experiencias tanto para mí, como para Fatiha, como para el resto de sus compañeros. Al principio a todos nos resultaba difícil enfrentarnos a esta nueva situación, con una compañera ciega en clase, con una máquina que hacía “mucho ruido”, la Perkins (el silencio en una clase con niños/as ciegos no existe) y en algunos momentos otra maestra (profesional de la ONCE) invadiendo nuestro espacio, nuestra clase.
Ni que decir tiene que los alumnos/as la aceptaron perfectamente, al principio, no sabían cómo tratarla, pasaron de pensar que era de “cristal” y en cualquier momento se rompería, a poco a poco jugar con ella, correr en el patio e incluso discutir con ella por cualquier tontería, como hacen entre ellos habitualmente.
En clase los alumnos estaban sentados por parejas, Fatiha estaba en primera fila con su compañero, ella ocupaba dos mesas (una para la Perkins y otra para sus materiales en braille), estaba atenta en todo momento a todas las explicaciones (utilizando el resto de sus sentidos) y su compañero de mesa le ayudaba si ella necesitaba alguna ayuda, que no era lo habitual, ya que se trata de una niña muy despierta e inteligente, con grandes inquietudes y con muchas ganas de aprender.
Las explicaciones por mi parte tenían que ser muy descriptivas para que ella casi lo estuviese “viendo”. Siempre que fuese posible tenía que tocar objetos o materiales para que se hiciese una representación mental. La corrección de las actividades en la pizarra además de escrita para el resto de los alumnos se tenía que ir describiendo oralmente para que ella corrigiese su cuaderno. En otras ocasiones, como los demás alumnos, venía a mi mesa y me leía la respuesta de las actividades para que yo se las corrigiera individualmente.
Durante el recreo, cada día dos compañeros/as distintos jugaban y se divertían con ella, esos alumnos eran los encargados, ese día, de repartir los libros, cuadernos, ser los primeros en salir….
También tuve suerte con los padres de los alumnos, aunque al principio, algunos tuvieron miedo de que al llegar una niña ciega y no española a clase el nivel y el ritmo de la clase se vería afectado y bajase por tener que ir más despacio. Más tarde se dieron cuenta de que no era así para nada, al contrario, que sus hijos/as se enriquecían con ella y se volvían más solidarios.
En cuanto a la preparación de las actividades, éstas siempre deben de estar bien programadas con antelación, ya que con Fatiha el margen para la improvisación era muy pequeño. La ONCE enviaba una maestra durante tres horas tres días a la semana, que se encargaba de transcribir tanto a tinta como a braille todas las fichas de los alumnos, pruebas escritas, etc. para que Fatiha los hiciera y luego yo pudiera corregirlas. Ésta profesional se sentaba al lado de ella y le ayudaba en todo momento a resolver las dudas que le surgiesen debido a su discapacidad.
Ni que decir tiene que tanto yo como mis alumnos nos tuvimos que acostumbrar a que otro adulto estuviese en nuestra clase, pero tampoco esto fue un obstáculo ya que poco a poco nos fuimos acostumbrando y a que a lo largo de los cinco cursos fueron dos profesionales muy competentes y muy trabajadoras (desde aquí agradezco su labor, entrega y ayuda a Rafi y Rocío, las dos maestras de la ONCE).
Todos los alumnos nos dan satisfacciones a lo largo del curso, de ver cómo avanzan, aprenden y sienten cariño por ti, pero quizás éstas se engrandezcan cuando al final del curso Fatiha me escribió una carta (por supuesto en braille) comentándome lo contenta que había estado durante los cursos, lo que había aprendido y el cariño que nos tenía tanto a mí como a sus compañeros.
Esta es mi experiencia con Fatiha, una niña ciega en clase, en la que al principio pensé que esta aventura era imposible, que no podría llegar a ella con la misma facilidad que a los demás alumnos/as, pero poco a poco las nubes negras que había visto se fueron abriendo y dejaron paso a un cielo azul intenso.
Por último, agradezco a todos mis compañeros del C.E.I.P. Alonso de Aguilar la ayuda que me han prestado para realizar mi labor.
Primer plano de José Antonio Cabezas
José Antonio Cabezas
Colegio Alonso de Aguilar
Aguilar de la Frontera (Córdoba)