El cuponero, niña, el cuponero

Mi amigo Luis Gresa me pide –como Violante a Lope de Vega– que le escriba un artículo, no un soneto (menos mal). Me sugiere que lo haga sobre mi reciente libro El humor como muleta, cosa digna de aprovechar, pero tratándose de quien se trata y para el medio donde se va a publicar (Boletín de la ONCE), creo yo, honradamente, que existen otros asuntos más importantes para este prestigioso boletín y que puedo tratar con más propiedad, aunque no esté bien visto.
Hoy no me apetece hablar sobre teología cuántica y se me ocurre, por ejemplo, hablar de los cuponeros. O del cuponero, en singular. Este personaje entrañable que forma parte del mobiliario urbano, tanto el que tiene un puesto estable de venta como el que recorre el barrio de una punta a otra para cumplir su trabajo, forma también parte del paisaje vital de la ciudad y un referente amigable de los vecinos.
¿Quién no tiene un farmacéutico de cabecera o un médico de cabecera? Por puntualizar un poco más: ¿qué señora, caballero, niño o militar no tiene un peluquero de cabellera, perdón, de cabecera? ¿Quién no dice alguna vez, mi médico, mi abogado, mi arquitecto mi costurera o mi sastre? Pues igualmente mucha gente, como yo, dicen “mi cuponero”, ¡faltaría más! Y si no lo dice, ¡ponga un cuponero en su vida! Así conseguirá ser más sociable.
Paquito, Jose, Merche… son mis cuponeros habituales. La verdad es que nunca me han dado ni siquiera los finales, pero sí sé que se los han dado a otras personas (que lo merecían menos que yo).
Normalmente les acompaño un rato cada día en sus puestos de venta, más que nada, por charlar un rato con ellos y disfrutar con los diálogos de los clientes y amigos que día tras día visitan y compran un poco de ilusión que pueda sacarles de pobres.
Como los transeúntes me conocen más que a mi compañero de charla, suelen pararse para preguntarme sobre mis apariciones en televisión o en los programas de radio. Entre pregunta y respuesta, van fijándose en los números de los cupones que el vendedor tiene distribuidos estratégicamente a la vista del público. Esta información subliminal surte el efecto deseado y a la postre de la charla terminan llevándose algún que otro cupón o comprando un rasca-rasca inmediato. Esto para mí es doloroso, porque cuando tienen el futuro premio en sus manos, se olvidan de pedirme un autógrafo. En fin, por un amigo se puede pasar este agravio.
El cuponero no es un personaje con mala sombra, sino todo lo contrario, porque todo el mundo se acerca a él pretendiendo protegerse en el manto de la fortuna. No todos compran, pero sí departen con él noticias, comentarios, historias del barrio, sucesos e incluso les cuentan sus problemas personales.
A mí siempre me ha gustado el 38. A mi vecina, que no tiene hijos, le tocó el premio gordo del cupón con el 37. Y a mí que tengo seis, ni lo metido. ¡Qué coraje! Dios le da legañas a quien no tiene pestañas. ¡Pero yo sigo con el 38, ea!
El cuponero conoce de sobra qué número le gusta a cada comprador; tiene que guardar y repartir los iguales con mucho tino y antelación para no dejar a nadie sin el mismo número que le ha vendido a su vecino, no sea que por mano del Demonio le toque a uno sí y a otro no. ¡Que el cuponero lo reparta y San Pedro lo bendiga!
Este cotidiano trasiego de gente, números, rasca-rasca, combola y cuponazos, repartidos uno a uno, con lluvia, frío o bajo un sol agosteño, es la gota a gota que permite a algunos invidentes, tener un perro-guía, educarse desde pequeño en el colegio Braille o trabajar en puestos a los nunca se tuvo acceso.
Por eso, aunque Luis Gresa me pidió que hablase de mi libro El humor como muleta, he creído conveniente hablar a través de estas líneas del cuerpo de infantes que inunda cada día las calles con armas cargadas de ilusión.
—¡¡Los iguales, para hoy… !!
Primer plano de Paco Aguilar
Paco Aguilar
Nota del autor: El libro El humor como muleta se presentará en la sede de la Delegación Territorial de la ONCE en Andalucía (Sevilla, calle Resolana, 30) el próximo 24 de abril.