A María, luz de nuestros ojos

Un ciego se fue acercano
hasta su paso de palio,
y fue abriendo sus ojos,
aunque los tenía cerrados.

Y se envolvió del aroma
de las flores de tu paso,
y del olor de la cera
que llora en el candelabro.

Y todo quedó allí puesto,
y todo quedó clavado,
en esos ojos abiertos,
aunque los tenía cerrados.

Una lágrima escondida
y una plegaria en los labios,
y un suspiro que se pierde
en una calle sin blanco.

Toda una amargura dentro
y todo un dolor callado,
¿cómo es la Madre de Dios?,
¿cómo su rostro de nardo?

¿Cómo su cuerpo sublime?,
¿y cómo su regio manto?.
¿y cómo el blanco pañuelo
que Ella sostiene en su mano?

Y el ciego abrió los ojos
aunque los tenía cerrados,
¡cómo abría de ser la luz
que la vida le ha negado!

Qué color tiene el color,
y qué la belleza tanto,
¿y cómo viene María?,
¿y cómo se mece el paso?

Sólo el martillo partió
ese silencio callado,
sólo te pido Señora,
sólo te pido un milagro.

Cómo mirarte a los ojos
si los míos están cerrados,
cómo mirarme en tu luz,
si mi luz es pozo amargo.

Y el costalero levantó
el paso de la Señora,
y vibraron los varales,
y el candelabro de cola.

Y la calle se hizo cielo,
y el balcón se hizo amapola,
y un cante se hizo plegaria,
y la noche se hizo aurora.

Y es que la luz más hermosa
se hizo luz de sufrimiento,
sufrimiento en esos ojos
y en el dolor de su pecho.

Y como en Caná pidió, ese milagro,
sólo aunque fuese un momento,
y todo se hizo color
en tarde de pensamiento.

Y el ciego miró a María,
y no vió cosa más bella,
y vió su palio encendido
bajo brillantes estrellas.

Y vio su mano bendita
como le daba el pañuelo.
Ella, la más soberana,
la que es puerta de los cielos.

Y se miró allí, en los Ángeles
de la cara más hermosa,
y fue y le dijo; ¡Amargura!,
que sea tu cara esa rosa…

Llena de Veredas santas,
dame esa claridad,
conforta mi vida oscura,
ilumina con tu Paz…

Al que es de Desemparados
y llenarte de alabanzas,
que tú eres mi gloria eterna,
mi ilusión y mi Esperanza.

Porque tu Angustia, Señora,
me llena de resplandores,
y aunque yo no vea tu rostro
me muero por tus Dolores.

Y nunca vio nada igual,
porque la gloria allí estaba…
en esos ojos benditos,
en esas pupilas santas.

Y el ciego miró sin ver
tras sus pupilas cerradas,
y es que la visión estaba
allá muy dentro del alma.

Y María se fue alejando
mientras tocaba la marcha,
con Ella se fue el gentío
de la calle y de la plaza.

Y el ciego se fue despacio
con su corazón sangrando,
y aunque mucho abrió los ojos,
siempre, los tuvo cerrados.

Gabriel Solís Carvajal
Hermano Mayor de la Divina Pastora y Santa Marina de Sevilla