Un mundo sin barreras

En la escala de intereses y valores, siempre y como lo más fundamental, se ha de poner la autonomía y dignidad de la persona con sus propios derechos y obligaciones, más allá de unos condicionantes físicos, que son secundarios ante la admirable condición del hombre y de la mujer como tales personas. Incluso, la debilidad física hace resaltar más el valor de la misma persona en sí misma, por lo que es y no por lo que es capaz de hacer.

Como se nos ha recordado: estos derechos constituyen un compromiso y una tarea a realizar, creando las condiciones y estructuras psicológicas, sociales, familiares, educativas y legislativas idóneas para la acogida y el desarrollo integral de la persona discapacitada.

En orden a esa plena participación social y en toda la amplitud que sea posible, es imprescindible una mentalidad de apertura a la diferencia, de integración en el entramado social, en las relaciones humanas, en las leyes que faciliten y garanticen esa integración.

La normalización significa que la vida y la participación de la persona discapacitada se aproxime lo más posible a aquello que consideramos normal. Y que en todos esos proyectos, leyes y acciones resplandezca siempre el valor, dignidad y desarrollo integral de la persona en todas sus dimensiones físicas, morales y religiosas.

Un asunto siempre relacionado con este tema es el de las barreras. Esos “escalones” que dificultan o impiden alcanzar unos objetivos de integración, participación y normalización.

Son muchas y muy variadas las barreras, esos obstáculos con los que se encuentra la persona discapacitada. Unos impedimentos los pone la misma condición física o mental de la persona, limitada por su enfermedad, por su discapacidad. Otros obstáculos vienen de la misma familia y de la sociedad. Unas veces es el proteccionismo negativo, otras, los prejuicios y trabas para la plena integración del discapacitado.

Algunos de esos muros de la incomunicación son objetivos y bien visibles (limitaciones físicas, movilidad, barreras arquitectónicas…). Otros son menos evidentes, pero verdaderas “paredes invisibles” muy difíciles de superar, como, por ejemplo, los prejuicios, la mentalidad consumista de la eficacia, la consideración economicista de la persona, la conmiseración, el pietismo, el paternalismo…

En las campañas, sobre eliminación de barreras, suele hablarse casi únicamente de aquellas que afectan a las estructuras físicas de los edificios. Son reales y deben suprimirse siempre que sea posible. Las psicológicas son más difíciles de superar, pues afectan a la mentalidad. Son toda esa serie de mecanismos de autodefensa, de agresividad, la inaceptación de realidades diferentes.

Ni que decir tiene que el primero que ha de luchar por la eliminación de todas esas barreras es el propio discapacitado, ayudado por su familia, por las instituciones más directamente relacionadas con la atención a este tipo de personas, pues, en tantas ocasiones, es la misma persona del discapacitado la que se automargina, no participa, se imagina más trabas y prejuicios de los que en realidad existen.

Una buena legislación es siempre un magnífico apoyo para conseguir las justas reivindicaciones de los discapacitados y su integración y participación en la sociedad. Pero no basta, hace falta un verdadero programa de mentalización y de educación, tanto para la sociedad como para los mismos y más directos interesados, y saber recibir y sentirse aceptado en la escuela, en el trabajo, en la Iglesia.
Primer plano del cardenal de Sevilla

Carlos, Cardenal Amigo Vallejo
Arzobispo de Sevilla