"No me siento el Suárez de la ONCE"

Félix Hernández Delso en su domicilio particular, junto a sus libros

Es el hombre de la Transición en la ONCE. Testigo privilegiado del proceso de democratización de la Organización, a sus 72 años observa el paso del tiempo con la satisfacción del deber cumplido. En cada momento de su intensa trayectoria se ha entregado en cuerpo y alma a la ONCE. Hoy, su vida constituye toda una lección de superación.

Usted nació en la Espejo de Tera (Soria) de 1935, en un paisaje marcado por las ruinas de Numancia y el Duero de Machado. ¿Cuál es el primer recuerdo que le viene a la memoria de su infancia entre Espejo de Tera y Clavaler.

Son muchos los recuerdos que me vienen a la memoria. Uno de los fundamentales es el paisaje completamente nevado. Yo perdí la vista con 9 años. Cuando salía a la calle y me subía a la tapia con los amigos, el panorama era totalmente blanco, los árboles me parecían gigantes blancos, los ríos cubiertos de una capa de hielo impresionante. Cruzábamos el Duero tranquilamente patinando. Esa imagen todavía la recuerdo viva.

Quedarse ciego a los nueve años en la España de la posguerra debió ser un trago duro.

Sí fui muy duro porque perdí la visión casi de repente, en cuestión de minutos. En el año 44 la penicilina era muy difícil de conseguir. El sufrimiento físico fue enorme y el sentimental también puesto que perder la vista en muy pocos minutos era muy duro. En Madrid me operaron seis veces (tres del ojo derecho y tres del izquierdo) y en una de las ocasiones recuperé la vista en uno de los ojos casi por completo, pero cuando me quitaron el vendaje estaba tan ciego como al principio.

La experiencia en el colegio de Pontevedra tuvo que ser muy enriquecedora.

Muchísimo, muchísimo. Si volviera a tener 10 años y tuviese esa oportunidad volvería a ir a ese colegio o a cualquiera de la ONCE. Aprendí todo lo necesario, pero lo que más me llamaba la atención era la dedicación y generosidad con la que se entregaban aquellos profesores que teníamos. En el primer curso

Usted estudió profesorado de Mercantil por la Universidad de Burgos. Una carrera, sin tiflotecnología de por medio. Hoy resulta impensable, ¿cómo lo hizo?

Pues con mucho sacrificio e ingeniándomelas con otros amigos, nos intercambiamos apuntes. Sólo contábamos con la clásica pauta de escribir, el punzoncito, llegamos a tener callos de tanto escribir. Textos en braille apenas existían. Mis hermanos me leyeron mucho. Mi hermana Chari, mi hermano José, mi madre, se levantaban a las 4 y a las 5 de la mañana para leerme y era muy duro porque el frío que hacía en Soria era muy intenso. Con temperaturas de 15 grados bajo cero nos teníamos que defender con un braserito de carbón y punto.

Y compatibilizaba los estudios con la venta del cupón.

Tenía muy buena suerte. Salía a la una, hacía el recorrido por los bares, y a las tres y media regresaba a casa. Y por la tarde lo que me quedaba, al salir de la academia, salía otra vez a hacer el recorrido. Generalmente nunca me sobraba. Por eso el tiempo que dedicaba al estudio tenía que ser por las mañanas muy temprano porque por las tardes iba a una academia. Yo era también profesor de lengua española y francesa a los alumnos.

¿Y qué tal resultó la experiencia de la venta?

Confieso que el primer día que salí a vender el cupón me ví tan deprimido que entré en dos bares y me volví a casa porque me impresionaba mucho ponerme a vender el cupón. Luego me lancé, pensando que era mi única solución, porque lo necesitaba y porque no quería ser una carga para los míos, porque de la ONCE recibía entonces una beca de 50 pesetas mensuales.

Martos fue su puerta de entrada a Andalucía.

Ganaba diariamente 16 pesetas con 20 céntimos y solo la pensión me cobraba 18 pesetas. Eso me obligó a dar clases particulares por las mañanas. Le hablo del año 57. Después fui a Loja como jefe administrativo donde estuve de 1958 a 1961. Tanto Martos como Loja me sorprendieron por su generosidad y su apertura a las relaciones sociales.

Sus tres hijos han nacido en Barcelona. Cataluña para usted debe tener un valor sentimental.

Yo fui con algún recelo y temor, porque me decían que el catalán no era muy abierto, pero he de confesar que, salvado el primer año, Cataluña la tengo siempre en el corazón porque se portaron extraordinariamente conmigo. Su nivel cultural me influyó muchísimo. Aprendí muy pronto el catalán y compartí con ellos el sentido del progreso y la prosperidad. Y sí, mis hijos son catalanes aunque ya dicen que son más andaluces.

“LA DEMOCRATIZACIÓN DE LA ONCE FUE DURÍSIMA”

De Barcelona salta al primer puesto en Madrid, lo que antes se llamaba jefe nacional de la ONCE, en plena transición hacia la democracia interna en la Organización. ¿Se siente usted el Suárez de la ONCE?

Eso fue una denominación que me dieron entonces. Pero no me siento el Suárez. Me siento un afiliado a la ONCE que me entregué en cuerpo y alma a la misión que me encomendaron. Querían que fuese a Madrid con la pretensión de cubrir esa plaza para impulsar definitivamente a la democratización de la ONCE. Y así fue. Llegué a Madrid en enero de 1980. Fue durísima esa etapa. Teníamos que tender a una democratización general.

Debió de ser un puzzle muy complicado.

Muy complicado porque dentro de la propia Organización había distintas corrientes. Por un lado había un excesivo conservadurismo de quienes creían que la ONCE no se podía tocar y, en la parte contraria, los que pretendían una innovación total. Yo tenía que poner de acuerdo a esas corrientes para elaborar borradores de un Real de Decreto que sirviese de instrumento legal para la democratización de la ONCE. Por ahí fue muy difícil.

¿Y de puertas afuera, cómo se veía desde el Gobierno de la UCD la gestación de esa nueva ONCE?

También había divisiones. Tanto que el Gobierno estaba cansado de las discrepancias que había en el seno de la ONCE, porque todos querían lo mismo, la democratización de la ONCE, pero por caminos distintos. El Gobierno estuvo apunto de incorporar a la ONCE al SEREM, lo que hoy es el INSERSO, y tuve que acudir a la ayuda personal y definitiva del profesor Tierno Galván, paisano mío, que intervino de forma eficaz en el Gobierno y acabó con el proyecto de incorporar a la ONCE en el SEREM.

¿Y qué papel desempeñaron los partidos políticos?

A los partidos políticos les importaba muy poco la ONCE. No teníamos ni Seguridad Social, teníamos que tener nuestra propia caja de previsión social porque no nos consideraban ni trabajadores. Lo que sí le importaba al Gobierno es que no fuéramos objeto de discordia que pudiese arrastrar a algún grupo político y por eso querían que se acelerara el proceso de democratización. Tal es así que ya en 1981 ya apareció el primer el Real Decreto 1041 por el que se concedía el autogobierno a la ONCE con elecciones internas.

En el mejor momento de su carrera política o institucional le sobreviene una patología que le roba toda la movilidad en el cuerpo. ¿Superar la silla de ruedas resultó más amargo que asumir la ceguera?

Mucho más. Asumir la ceguera quizá fue más fácil porque era un niño y tuve la esperanza de recuperarla aunque nunca llegó. En cambio perder la movilidad fue tremendo…

Después vino otra etapa gratificante, la dirección del pabellón de la ONCE en la Exposición Universal de Sevilla.

Fue la etapa más satisfactoria aunque también de mayor trabajo.

Debió compartir muchas anécdotas con jefes de Estado, reyes y ministros de muchos países en los seis meses que duró la EXPO.

Leopoldo Balduino de Bélgica estaba más interesado en conocer mis circunstancias personales, las de un ciego parapléjico, que el propio pabellón y pidió un encuentro privado conmigo cuando terminó la visita. El Rey creía que la ceguera limitaba todo y la paraplejia más aún. Y se vio tan impresionado que no entendía por qué estaba alegre, contento y optimista y en un cargo de tan alta responsabilidad. Me preguntó que cómo podría ser así.

¿Y qué le contestó?

Pues que mi formación religiosa tenía una fe firme y sólida. Y que cuantos más reveses recibía en la vida más sólida era mi fe. Y le recordé la frase del pensador que me guía: “Cuando tus problemas tienen solución ¿por qué lloras? Y si tus problemas no tienen solución, ¿por qué lloras?”. Eso me ha servido para superar todas las adversidades y para trabajar con ilusión.

Usted fue un delegado territorial muy querido en Andalucía. ¿Cuál fue la clave de su éxito?

No lo sé. El éxito ha sido siempre compartido con el equipo de trabajo. Quizá como anteriormente había sido vendedor del cupón a la vez que estudiante, conocía muy bien las dificultades de la venta y me he sentido siempre muy cercano a los vendedores. Les he atendido de forma personal. Me he ocupado de ellos. He conocido personalmente esas dificultades, el frío, el calor, las barreras, y quizá por eso los vendedores me han estimado mucho. Quizá sea la atención personal y la dedicación que he tenido con ellos.

¿Alguna vez pensó que la ONCE llegaría a la posición que ocupa hoy en España?

Yo he creído siempre que la ONCE podía llegar a lo que es hoy y mucho más de lo que es hoy. Porque los ciegos eran muy tozudos en su trabajo, tenían mucha perseverancia en sus objetivos, el espíritu de superación era constante, y con esas cualidades, hay que pensar que la ONCE tiene que escalar cada vez más para superar siempre las etapas anteriores.