EN PRIMERA PERSONA: Alberto Morillas, presidente del consejo territorial de la ONCE

Alberto Morillas posa en la fotoEl primer recuerdo que le viene de la infancia son las tardes en Darro (Granada) jugando con los amigos al balón. Sólo lo veía de frente y cuando estaba cerca y, claro, no podía rematar. Tenía muy poco resto visual pero lo aprovechó al máximo. “Tenía que luchar diariamente con el handicap de no ser igual que los demás”, reconoce sin rencor. Pero, desde muy pequeño, aprendió rápido a ganarse su sitio y a superar las dificultades que le planteaba la vida.

Su pueblo no superaba entonces los 1.200 habitantes. Allí todos vivían del campo. Él es un hijo de la tierra. El pequeño de ocho hermanos –dos de ellos también afiliados- en una familia de temporeros. Pero no fue nunca el niño mimado. En todo caso –admite- el niño protegido de la casa, sobre todo por sus hermanos.

Continuar en Darro hubiera negado sus posibilidades de desarrollo así que tuvo que salir del pueblo para marcharse hasta la capital, Sevilla, para emprender una nueva vida, ahora sin el respaldo físico de los padres o los hermanos. El Colegio de la ONCE le marcó. Sobre todo porque en los primeros cursos no podía volver a Granada ni en Navidades ni en Semana Santa, el tiempo en el que los demás niños sí regresaban a casa. “Me venía en septiembre hasta junio porque mis padres eran temporeros. Cuando llegaba diciembre estaban con la aceituna. Llegaba la Semana Santa y estaban en otros sitios. Y luego eran temporeros de verano con las hortalizas, los cereales, las legumbres, los garbanzos y las lentejas”.

Alberto no contesta a la pregunta de si tuvo una infancia feliz. “Lo que pasa es que nos adaptamos. Si te pones a pensar fue distinta. A nivel personal la pude superar perfectamente pero a nivel familiar fue distante por las necesidades que teníamos”, reconoce.

Pero más que un desarraigo con su Granada, el colegio de Sevilla le marcó en positivo. Por primera vez pasó de tratarse con gente que tenía una superioridad clara sobre él a relacionarse entre iguales con niños en igualdad de condiciones. “Eso mejoró bastante las relaciones –admite-. No es que tuviera problemas de estar con los niños pero era consciente de que a muy corta edad no podía hacer lo mismo que ellos”.

A partir de los 14 empezó a perder el resto visual que tenía. Y entre los 14 a los 18 se quedó prácticamente ciego. “Eso no me traumatizó pero las imposibilidades que me ponían ante circunstancias de ser igual que los demás en situaciones cotidianas del día a día, eso sí que me fastidiaba. Luego ya no –añade-. Sobre todo fue el colegio el que me hizo madurar”.

Después vendría otro punto de inflexión en su vida, su incorporación al mercado laboral, como vendedor de la ONCE en un año, 1982, que recuerda especialmente crudo para las ventas. Tenía dos referentes en los que fijarse, sus dos hermanos. Uno de ellos un perfecto relaciones públicas y otro “que lo hacía estupendamente pero era menos relaciones públicas”, según explica.

Y es que Alberto Morillas tiene claro que un vendedor tiene que ser un buen relaciones públicas de la ONCE. “Si no eres relaciones públicas serás un mal vendedor –asegura rotundo-. Y eso no significa ser un gracioso en la calle. Tienes que ser una persona que llegue al cliente, que converse con él, que comente cuantas cosas quiera el cliente, tiene que conocer con qué tipo de cliente está tratando, qué le gusta y provocar conversaciones amenas”.

A su juicio, la fórmula mágica para incrementar las ventas pasa por la formación de la plantilla a través de cursos teóricos más largos y más prácticos. “Con una mayor motivación, se pueden alcanzar cuotas mayores”, confía. Más formación para los vendedores y más participación de los afiliados. “La implicación del afiliado no quiere decir que venga aquí a hacer actividades, quiere decir que conozca la ONCE y que se sienta de la ONCE”, matiza.

Con el paso del tiempo se considera una persona afortunada porque asegura vivir por encima de sus expectativas en todos los sentidos. Ha sido director de la Agencia de Motril. En 2000 fue nombrado jefe del Departamento de Juego en Granada y en 2003 se incorporó al equipo de gestión como director en Jerez.

Desde el pasado 9 de mayo es el nuevo presidente del Consejo Territorial de la ONCE en Andalucía. Y todavía mantiene intacta la sensación de vértigo. Aunque entre Granada, Motril, Jerez y Sevilla, tiene claro que se queda con Granada, una ciudad, dice, ideal para vivir. ¿Y si le tocara el Cuponazo? “Lo primero que haría sería dedicarme a los afiliados, me retiraría del trabajo laboral pero no me desvincularía de la ONCE. Siendo presidente, por la responsabilidad que representa, aguantaría. Pero me plantearía no seguir luego”.